Los muros de pago y los males del periodismo

Un detonante para la desinformación, el causante de que cada vez se lean menos periódicos o un atentado contra el derecho a la información. Los muros de pago serán, si no lo son ya, los culpables de los grandes males del periodismo en España. Al menos, esa es la idea que se ha instalado en el imaginario de muchos lectores y no pocos periodistas. Pero hay algo que no termina de cuadrar. 

Todos esos riesgos hipotéticos para el periodismo y los medios de comunicación son problemas reales desde mucho antes. La llegada de las suscripciones, de hecho, son un volantazo que ha llegado en el tiempo de descuento tras el agotamiento de un ‘todo gratis’ que ni siquiera es tal: todos hemos pagado con nuestros datos

Por eso, no deja de sorprender que quienes se alzan contra los muros de pago casi nunca tienen nada que decir sobre los engendros que ha generado ese modelo abierto ni tampoco atiendan a la tradición histórica de los periódicos. Alguno debería explicar cómo la democracia liberal pudo sobrevivir a un mundo en el que los periódicos pedían un euro (¡al día!) para poder leerlos. 

Cómo hemos llegado hasta aquí

“Necesitamos un gran El País para lograr abrir las agendas, en España, en Europa y en América Latina, a aquellos asuntos que tienen realmente interés público”. El 29 de febrero de 2020, la entonces directora de El País, Soledad Gallego-Díaz, defendía así la llegada del muro de pago al diario de Prisa. Todos los periódicos que han lanzado suscripciones han apuntado en esa misma dirección.

No es complicado buscar las cosquillas a esos razonamientos. Si hay que pagar para que los periódicos ofrezcan información de calidad y atiendan al interés público, ¿qué han estado haciendo hasta ahora? La pregunta se responde sola: más bien, todo lo contrario. 

Eso sí, para entender cómo hemos llegado hasta aquí, es ineludible el papel de Silicon Valley en la creación de un internet a su imagen y semejanza. En ese proceso, la clave no solo fue la profunda financiarización de la economía estadounidense, sino también la construcción de un relato que allanaba el camino.

Fue lo que Richard Barbrook y Andy Cameron bautizaron como ideología californiana a mediados de los años 90. Ya entonces, advertían que se estaba asumiendo una nueva ortodoxia que era una “mezcla de tecnología cibernética, economía de libre mercado y contracultura libertaria”. Ese relato incluía mantras sobre una supuesta naturaleza intrínseca a internet, como la difusión libre y gratuita de los contenidos o el fin de la intermediación. Sin embargo, era una trampa letal. 

Gracias a esa apertura, las plataformas como Google o Facebook se acabaron convirtiendo, precisamente, en los grandes intermediarios globales, con unas cotas de poder sin precedentes. Eso ha hecho que los periódicos sean solo una pequeña parte de los engranajes de estas tecnológicas, mientras que sus plataformas se han convertido en vitales para ellos. 

Poner puertas al campo de Google y Facebook

Uno de los mantras más manidos de esa ideología californiana es aquello de que “no se le pueden poner puertas al campo”. En cambio, quienes lo pregonan siempre se olvidan de que, a veces, el campo, en este caso, unos señores feudales que esquivaban la pregunta del millón: ¿quién paga a quien labra todos esos terrenos?

En un primer momento, los directivos de los grandes medios insistían en esa cuestión, pero poco a poco, fueron asumiendo el planteamiento. Aquí cabe rebobinar brevemente para recordar que El País tuvo su propio muro de pago entre 2002 y 2005. Las causas de su implementación y desesperación darían para otro artículo (aquí se dan algunas claves), pero merece la pena destacar que llegaron a tener unos 40.000 suscripciones en un momento de escasa penetración de internet (y aún menos disposición al pago) en España. Aún así, el hecho de que fuera un movimiento en solitario limitaba su efectividad y sentenciaba su futuro.

En ese proceso, las propinas de las grandes tecnológicas en forma de beca jugaron su papel, pero lo determinante fue vislumbrar cómo el negocio de siempre se acercaba al precipicio en una tormenta perfecta. Ahí apareció el solucionismo que ofrecía la tecnología, fuera la que fuese, como salvavidas, pero sin que nadie advirtiera el precio a pagar.

El problema es que, para entonces, internet tenía una razón de ser que poco o nada tenía que ver con el derecho a la información, sino con fortalecer a Silicon Valley, para lo que era necesario fagocitar negocios tradicionales. En el caso de los diarios, eso pasaba por acabar con su modelo de ingresos mixto para pasar a depender únicamente de los anuncios, un terreno que ya había sido convenientemente abonado por Google y Facebook. Solo como recordatorio: en España, ya concentran el 70% de la facturación publicitaria online, según la CNMC

Además, ese precio a pagar iba mucho más allá de las cuentas de resultados, y ahí la tradición de los periódicos daba algunas pistas. En la era de papel, pagar por un ejemplar implicaba mucho más que llevarse una copia física a casa. Esa barrera económica, unida al propio formato, limitaba la audiencia respecto a otros medios, algo que compensaba un público más influyente o, al menos, con mayor poder adquisitivo o nivel de estudios. 

Tampoco nadie pensaba que un diario gratuito —incluso una radio o televisión— ofreciera unos estándares ni remotamente parecidos, debido a su exposición a los vaivenes del mercado publicitario, ahora convertido en un terremoto permanente.

En Reportaro ponemos en contacto a expertos con periodistas para crear las mejores historias.

El milagro de la lectura

Si ingresas dinero casi exclusivamente por publicidad en un entorno dominado por Google y Facebook, solo te queda maximizar unas audiencias que siempre se miden en términos cuantitativos, dejando al margen todo lo demás. Es algo de lo que ya advirtió Pierre Bourdieu cuando hablaba de la televisión, pero en internet ha alcanzado el paroxismo con la desaparición del lector en favor del usuario único. 

Un usuario único es aquel que visita el periódico o alguna de sus noticias en un determinado periodo de tiempo (normalmente, un mes). Da igual si ha entrado una vez o si lo hace diariamente porque confía en el medio. Da igual si lo ha hecho para leer un reportaje de investigación o porque ha aparecido un titular llamativo en Google Discover y luego le ha decepcionado. Da igual si quería consultar una exclusiva, buscar “horario y dónde ver” de un partido de fútbol o encontrar una receta. Hasta da igual que ese usuario sepa en qué medio está. El equivalente sería haber contado como lector a quien antes pasaba por delante del kiosko y miraba de reojo.

➡️ Quizá te interese nuestro servicio de link building

Los usuarios únicos han sido la principal métrica tanto de Comscore, primero, como después de Gfk; es decir, los medidores que publican los rankings mensuales sobre los que orbita al sector, con un orden de periódicos “más leídos” que resulta increíble, en el sentido más literal del término. De hecho, el abismo que separa su ranking mensual de los estudios cualitativos —como los del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) o del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo— es sonrojante, por no hablar del número de suscriptores de cada cual.

Pero el ejercicio de fé va más allá. Según estos, algunos periódicos incluso superan los 20 millones de usuarios únicos en España, con una población no alcanza los 50 millones y que nunca ha destacado por su tradición como lectora de prensa. Solo hay que recordar es un país que no superó la tasa de subdesarrollo de lectura de prensa hasta 1992 y que, ya entrado el siglo XXI, tenía una difusión de periódicos era algo menos que la mitad que la media de la Unión Europea.

Es un asunto al que, de nuevo, pocos quieren mirar, y eso que me temo que ni el más entusiasta de los solucionistas se atrevería a afirmar que se ha obrado el milagro de crear lectores de la nada en un panorama donde la competencia por la atención está desatada. 

La tragaperras de la viralidad

En un periódico de papel, no había forma de saber la tasa de lectura que tenía cada artículo. Como mucho, podía especularse sobre el volumen de ventas. Es lo que Morozov llama una “ineficiencia, en parte, beneficiosa”, ya que tampoco estaba exenta de sus propios vicios.

Sin embargo, esa unión de datificación y obsesión por el tráfico (y nada más que el tráfico) ha provocado un aluvión de contenidos en el que todo vale: desde el sensacionalismo más burdo hasta las recetas de cocina, pasando por la reproducción de teletipos sin ton ni son. 

Es tan simple como que son baratos de producir y susceptibles de viralizarse. Como nadie tiene la fórmula secreta para hacerse viral (y ahora acabamos de saber que Google ha estado engañando al respecto), solo queda publicar más y más contenido en lo que se ha convertido la máquina tragaperras en su versión mediática. Hay que echar tantas monedas como se pueda y, además, hacerlo antes que el resto.

Un reportaje de investigación puede llevar días o semanas de trabajo, pero puede ser un pinchazo en tráfico. En cambio, publicar diez (o cien, o doscientos) artículos redactados en media hora multiplica las probabilidades de caer en gracia a los algoritmos de Google Discover, Facebook o la plataforma de turno. Incluso un bulo bien titulado puede convertirse en un enlace (para qué llamarlo de otra forma) rentable.

Este espejismo ridículo alrededor de los números también se ha convertido en una forma de liberar dopamina en medio de las jornadas maratonianas de los periodistas. No parece la mejor idea que los redactores tengan acceso total y simultáneo a los datos de tráfico, salvo que el objetivo sea mantenerlos en tensión permanente.

En mi caso, siempre me ha parecido ridículo pensar que mi trabajo estaba peor o mejor por el número de clics de lo que escribía. Eso no evitaba (aquí no hay nadie libre de pecado) que haya sentido alivio si el artículo disparaba la curva de tráfico. Y eso que no sabía si habían entrado al artículo porque les interesaba, porque se me había ido la mano en el titular o porque, sencillamente, me querían insultar. 

¿Un daño irreversible?

Todo lo anterior ha generado un cortoplacismo en los periódicos en internet, donde el clic inmediato es lo importante; todo lo demás, ya se verá, incluyendo el papel para marcar la agenda o, incluso, algo tan elemental como su tradicional rol como agregadores de información. Pocos siguen en esas, pero algunos (sobre todo, los diarios nativos digitales) han conseguido ser rentables bajo él, aunque no se sepa por cuánto tiempo.

Con todo, los medios que han implementado suscripciones lo han hecho con una promesa de ofrecer una información de calidad y con precios razonables (de nuevo, las ofertas a precio de derribo son otro tema). Con todo, me temo que asumir que esa promesa es cierta es demasiado asumir. 

Además, los años de barra libre hacen ahora complicado cobrar por lo que hasta ahora era gratis. Ya hay algunos estudios sobre cómo el modelo abierto ha generado la idea de que “las noticias en internet son un bien público que debe proporcionarse de forma gratuita”, como las carreteras o el alumbrado público; es decir, “bienes de los que todo el mundo puede beneficiarse con independencia de su grado de participación en su financiación”.

Quizá por eso los muros de pago en España no solo han tardado en llegar, sino que en muchos casos lo han hecho llenos de porosidades y sin un rumbo claro. Así, no es raro ver una extraña combinación de contenidos más elaborados o exclusivos junto a enlaces para engancharse al tráfico (o lo que quede de él). Parece complicado pedir 10 euros al mes a quien luego va a encontrarse un aluvión de contenidos que dan vergüenza ajena bajo la marca de ese mismo medio.

Este artículo solo quería reseñar todos los vicios que ha generado el modelo abierto, que ojalá fueran los únicos del periodismo en España, Muchos de ellos son anteriores a internet y tangenciales a la tecnología, aunque se relacionen entre sí.

Una parte considerable proviene de lo que Hallin y Mancini acuñaron como modelo pluralista polarizado; es decir, un panorama mediático en el que los medios tienen una alta dependencia de poderes políticos y económicos y, además, un destacado papel de influencia partidista. La crisis total en el sector ha profundizado aún más esas dinámicas, hundiendo la confianza en la prensa. 

También hay que mencionar la precarización sin límites de la profesión en estos años. No solo he visto a grandes periodistas huir del sector en cuanto han visto la realidad, sino que cada vez menos quieren aprender el oficio.

Todo lo anterior no tiene una única solución, si es que la hay. No quiero cerrar sin remarcar que no creo que las suscripciones o los muros de pago (ahí se abre otro debate interesante) sean la panacea. De hecho, quizá merezca un estudio el efecto que están teniendo a nivel económico, editorial, profesional o laboral.
Aun así, se me hace complicado pensar en una salida que no pase por el pago de los lectores como un pequeño primer gran paso para reducir la dependencia de Silicon Valley y su alargada sombra, que ya se está intentando intermediar en las suscripciones de algunos medios. Por eso, las suscripciones no son la solución, pero sí una primera piedra para encontrar una.

foto
Escrito por:
Mario Escribano
Periodista y doctor cum laude en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, con una tesis sobre las causas de la precariedad en los medios de comunicación. Especializado en tecnología y música, ha publicado en medios como El Confidencial, eldiario.es, Público, InfoLibre o CTXT.